
Maravillado por su belleza, decretó que era un pájaro real que debía de vivir sólo en el palacio, y ordenó su captura.
Cuando le trajeron la majestuosa ave, lo encerró en una magnífica jaula de oro. Le hizo servir los manjares más exquisitos y convocó a los mejores músicos del imperio para que le hicieran compañía.
Sin embargo, por más que fue rodeado de mil atenciones, el erigido quetzal no fue feliz, se desmejoró y a los pocos días murió.