
Impaciente y enfadado por la actitud del animal, tomó una piedra y se la lanzó, con tan mala fortuna que golpeó uno de sus cuernos y terminó por quebrarlo.
El joven cabrero de inmediato se dio cuenta de la gravedad de su acto y de las terribles consecuencias que tendría cuando el patrón advirtiese lo que había hecho. Por eso, se dirigió corriendo hacia donde estaba la cabra y le suplicó perdón con lágrimas en los ojos.
- "Por favor, no digas nada al patrón de lo ocurrido y disculpa mi ligereza. Prometo que no volverá a suceder"
La cabra, conmovida por el arrepentimiento del muchacho, se mostró indulgente, más le hizo ver la inutilidad de su petición.
- "Puedes estar tranquilo, que no diré nada al amo. Pero, ¿Crees que mi cuerno roto será capaz de mantener el secreto?"