Por desgracia los humanos, tenemos la mala costumbre de alzar la voz en cada uno de
nuestros argumentos pensando dos cosas: una, que se nos va a oír mejor y
dos, que de esa manera vamos a tener más razón en ese argumento.
Aprovechamos cualquier oportunidad para "levantar nuestra voz" dos,
tres, cuatro, cinco, siete tonos por encima del habitual y del que,
naturalmente, no tendríamos necesidad alguna de elevar si, aquello que
queremos decir, ciertamente guarda un mínimo de coherencia, consistencia
y solidez en nuestro argumento. Nuestra opción es comportarnos como auténticos niños malcriados y consentidos,
incapaces de escuchar o recibir opiniones diferentes a la nuestra donde
solamente nos resulta válida la imposición de nuestros criterios
Nunca debemos olvidar que, el hecho de levantar la voz cuando hablamos y,
mucho más, cuando lo que realmente queremos es sentirnos escuchados para hacerle ver a los demás que "nuestras palabras" merecen
la pena, lo único que conseguimos es el efecto contrario, hasta el punto
de llegar a despertar cierto rechazo involuntario en nuestro interlocutor que, automáticamente, nos condiciona, nos ayuda bien poco y, peor
aún, en determinadas circunstancias, logra jugar en nuestra contra,
puesto que nuestra conducta es susceptible de desacreditarnos ante él. Debemos intentar guardar las formas. Y, ésto, no significa que nuestras palabras o el
significado de éstas no sean importantes. Lo que estoy diciendo es que
muchas veces "perdemos la razón" simplemente porque nos dejamos llevar,
hasta el punto de perder los papeles y perder el verdadero foco de
nuestra atención como es la de "poner en firme cada una de
nuestras ideas" y, aquí, resulta imprescindible no perder de vista algo
esencial: nuestra actitud. Bien llevada es fantástica y lo mejor que
puede pasarnos, para intentar debatir con nuestro oponente