Nada más sentir el afilado contacto de sus garras contra su delicada piel, el pobre ruiseñor comenzó a lanzarle lastimeras súplicas a su captor para que este lo volviera a dejar en libertad. A pesar de que lo intento, diciéndole cosas tan verdaderas como por ejemplo que con alguien de tamaño tan pequeño no iba a ser capaz de calmar su hambre y que debería concentrarse en capturar animales de tamaño superior, el gavilán no parecía escucharle. Harto de tanta charla, finalmente el gavilán le dijo:
- "Es probable que todo lo que me estás diciendo sea cierto, pero ¿cómo pretendes que deje marchar a algo que ya tengo seguro, por una presa a la que además de no ver, no tengo la seguridad de poder atrapar?"