Un día descubrí que la
felicidad es un estado del alma, un nivel determinado de conciencia. Nada que
se encontrara "fuera" de mí, sino dentro. Y aprendí que no necesitaba a nadie
para ser feliz, pero que, sin embargo, tiene más sentido la vida si es compartida, por
lo tanto, no merece la pena vivirla en solitario. Y también supe que los apegos
a determinadas cosas terminan siendo causa de infelicidad y dependencia y que
cuantas más cosas tenemos, menos las valoramos y más necesitamos. Y que las
carencias, en las que solemos enfocar nuestra atención y que tanto nos deprimen
y limitan, no nos hacen otra cosa que más vulnerables y autocompasivos. Solo comprendiendo a la naturaleza, nos damos cuenta que los importante es ser constante y no rendirse ante las adversidades
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